
En mi pueblo había dos escuelas: las nacionales y la de las monjas.
Yo iba a las nacionales porque en mi casa los curas nunca han estado bien vistos. Así que me eduqué en una escuela pública sin uniformes y sin rezos.
En un pueblo pequeño todos acabamos conociendonos y compartiendo muchas cosas.
Pasados 40 años alguien pensó que sería bonito reunirnos para recordar viejos tiempos.
Llamamos por teléfono a casi todos pero algunos excusaban su asistencia por motivos de trabajo o familiares.
Me gustó verlos, aunque algunos no teníamos nada que decirnos.
El aperitivo era hipercalórico, la carne estaba fria, el pastel de nata no tenia gusto a nada.
Pero valió la pena compartir un ratito con amigos de la infancia de los que guardo un recuerdo entrañable












